Antes de llamarse Altos de la Torre, este sector de la Comuna 8 era conocido como Camboya. El nombre no venía de ninguna referencia geográfica: venía del ruido de la guerra. Los enfrentamientos entre bandas y actores armados que marcaron la ladera oriental de Medellín en los años noventa hicieron que la ciudad lo bautizara con el nombre de un país lejano al que se le asociaba con violencia. Y sin embargo, hasta ese sector siguieron llegando familias. Desplazadas de Peque, Urrao, Ituango, Urabá, del Oriente antioqueño y del Chocó, arrastraban una guerra y encontraron otra. Cuando alguien les advertía
«que se van a ir para ese candeleo»,
ellas respondían con la sabiduría cansada de quienes ya lo han perdido todo:
«y para dónde se va a ir uno… en todas partes está caliente».
Con esa frase, tan resignada como lúcida, empezó a levantarse un barrio. Los primeros lotes y viviendas aparecieron a comienzos de los noventa. A finales de la década, con el incremento del desplazamiento forzado, el asentamiento se consolidó. Décadas después, el sector cambió su nombre por Altos de la Torre, pero mucho de lo que estaba en Camboya sigue estando: la escasez de agua, la precariedad de los servicios, la ausencia del Estado y, sobre todo, la ausencia de un simple pero fundamental gesto de reconocimiento: un polígono en el mapa que diga «este barrio existe».



«Aquí llegamos huyendo de una guerra
y encontramos otra»,
recuerdan quienes fueron de los primeros en el barrio.
Un territorio construido a pulso, borrado del mapa
Altos de la Torre se ubica en la franja alta de la Comuna 8 (Villa Hermosa), en la ladera oriental de Medellín, justo bajo las estribaciones del Cerro Pan de Azúcar y en el borde donde el suelo urbano da paso a la zona rural.
Limita con los barrios Golondrinas, Llanaditas y El Pacífico, formando parte de un cordón de asentamientos que crecieron a partir de los años noventa y que comparten un mismo origen: familias que llegaron a la ciudad huyendo de la violencia rural, se organizaron en juntas de vivienda y ocuparon los terrenos que la ciudad formal no había querido —o no había podido— habitar.
Su composición poblacional refleja el mapa del desplazamiento forzado en Colombia. Familias del Occidente antioqueño (Peque, Urrao, Cañasgordas), del Norte (Ituango), del Urabá y del Chocó llegaron a este sector a través de redes familiares y comunitarias que iban informando dónde había arriendos baratos o terrenos por lotear. Una mujer del barrio recordaba haber pagado apenas diez mil pesos por un ranchito, luego haber sido reubicada por una señora de la Junta de Vivienda en otro más arriba, y solo años después haber podido comprar un lote propio para construir su casa. Esa dinámica —la construcción y reconstrucción sucesiva de la vivienda en distintos lugares del barrio— es lo que ha ido tejiendo, con más de quince años de por medio en muchos casos, las redes de apoyo y solidaridad entre vecinos.
La infraestructura del barrio se levantó de la misma manera: con aportes irregulares de entidades y, sobre todo, con mano de obra comunitaria. Al principio, la energía llegaba pagándole quinientos pesos a un vecino que sabía pegarse a la red; después, Empresas Públicas legalizó la situación. El agua se bajaba de la quebrada La Castro por acequias improvisadas y, más tarde, por tubos gestionados con recursos propios. Fue solo en 2008, tras una lucha sostenida por los líderes de la Comuna 8, que se logró un acueducto para beneficiar a Altos de la Torre, Golondrinas y Llanaditas, con el apoyo del Concejo de Medellín. Y en esos convites, como en tantos otros del barrio, el protagonismo lo han llevado casi siempre las mujeres: mientras los hombres trabajan fuera del barrio y los jóvenes estudian o esperan alguna remuneración, son ellas las que han sostenido el trabajo comunitario que ha hecho posible cada obra.
A pesar de esa historia de autoconstrucción, Altos de la Torre ha sido tratado por la planificación urbana como un territorio no reconocido. El Plan de Ordenamiento Territorial lo ha catalogado durante años como zona de alto riesgo, argumento con el que se ha justificado la ausencia de inversión en obras de infraestructura para el mejoramiento integral de barrios. Los estudios de la firma Solingral en 2006 y del Politécnico Jaime Isaza Cadavid en 2007, elaborados para el Plan de Legalización y Regularización Urbanística, desmintieron ese postulado y concluyeron que un buen porcentaje de los terrenos de Altos de la Torre, Golondrinas y Llanaditas pueden ser recuperables con obras de mitigación. La ciudad, sin embargo, ha seguido dibujando el sector como una mancha genérica en sus mapas, sin polígono definido, sin nomenclatura reconocida, sin datos propios.
El recorrido: cuando la comunidad dibuja su territorio
El mapeo de Altos de la Torre no fue un ejercicio técnico hecho desde un escritorio. Fue un recorrido a pie, montaña arriba, guiado por los líderes barriales que conocen cada rincón del territorio. 5 líderes comunitarios caminaron el barrio junto al equipo de Minga Abierta, registrando con herramientas de cartografía participativa y apoyados en la primera fotografía aérea del territorio realizada a finales del año 2025. El objetivo no era solo levantar información; era construir, por primera vez, el polígono del barrio: un contorno cerrado que delimita dónde empieza y dónde termina Altos de la Torre, dónde están sus bordes con Golondrinas, con El Pacífico, con el Cerro Pan de Azúcar. Un gesto cartográfico simple y a la vez profundamente político, porque un barrio sin polígono es, para efectos de la planificación urbana, un barrio que no existe.
Casa por casa, el recorrido identificó y georreferenció 1.190 edificaciones, cada una un punto en el mapa que antes era invisible. No eran solo construcciones: eran hogares levantados por familias que han reconstruido su vivienda varias veces en distintos lugares del barrio, tiendas de esquina que sostienen la economía local, ranchos de madera y casas de material que dan cuenta de más de tres décadas de asentamiento consolidado.
A lo largo del camino se trazaron 4 kilómetros de caminos informales: senderos peatonales, escaleras de concreto, callejones de tierra y trochas que los propios vecinos abrieron a pulso para conectar sus casas con la vía principal, con la escuela, con la parada del transporte. Ninguno de ellos aparecía en la cartografía oficial de la ciudad. Ahora, cada uno tiene su trazo preciso en un mapa abierto que cualquiera puede consultar.
Se mapearon 2 kilómetros de afluentes, entre ellos los tramos de la quebrada La Castro que atraviesan el barrio y que, desde los años noventa, han sido la fuente de agua para muchas familias. Documentar esos afluentes es reconocer una infraestructura hídrica invisibilizada por la planificación municipal, pero indispensable para entender cómo ha sobrevivido el barrio y dónde están los riesgos asociados a su cauce cuando las lluvias crecen. Los recorridos permitieron identificar 17 riesgos asociados a la cercanía de las viviendas con las quebradas.
Finalmente, el recorrido georreferenció 7 espacios comunitarios que son el corazón organizativo del barrio: la escuela popular Altos de la Torre, la sede de la Junta de Acción Comunal, salones donde se reúnen las mujeres del convite, puntos donde se realizan los proyectos productivos, espacios de encuentro donde se sostiene la vida colectiva. Cada uno de esos siete lugares es, en un barrio históricamente ignorado, una infraestructura de comunidad que la ciudad tampoco había reconocido.
Datos, polígono y afluentes al servicio de la vida
En un barrio que no cuenta con reconocimiento oficial, que aparece etiquetado genéricamente como «zona de alto riesgo» en el POT y que ha sido excluido de los programas de mejoramiento integral de barrios con ese argumento, tener datos propios cambia el terreno del diálogo con la institucionalidad. Los datos abiertos producidos por Minga Abierta están disponibles bajo licencia libre en OpenStreetMap y uMap, sin depender de ningún proyecto puntual que pueda terminar y llevarse la información. Son una infraestructura de conocimiento que le pertenece al barrio.
El polígono del barrio es, quizás, el resultado más significativo del ejercicio. Antes de este mapeo, Altos de la Torre no tenía un contorno definido en las bases cartográficas abiertas. La ciudad lo trataba como una extensión difusa de sectores vecinos, sin límites propios, sin identidad territorial reconocida. Tener un polígono georreferenciado es, en términos prácticos, poder aparecer como unidad territorial en cualquier análisis espacial, en cualquier solicitud de inversión pública, en cualquier informe de gestión del riesgo. Es el prerrequisito cartográfico para exigir ser tratado como barrio y no como mancha.
Los dos kilómetros de afluentes mapeados, por su parte, son una herramienta clave para la gestión ambiental y del riesgo. La quebrada La Castro, que durante décadas ha sido fuente de agua para las familias del sector, atraviesa el barrio y define zonas críticas cuando las lluvias son intensas. Documentar su trazado, junto con el de los caminos informales que corren paralelos o cruzan su cauce, permite anticipar dónde se pueden generar puntos de inundación, dónde es necesaria protección de rondas hídricas, dónde una obra de mitigación puede prevenir una tragedia. Es, en el fondo, la validación cartográfica de lo que los estudios de Solingral y del Politécnico Jaime Isaza Cadavid ya habían dicho hace casi dos décadas: buena parte de este territorio es recuperable con inversión adecuada.
«En los convites las que sacamos la cara somos las mujeres»,
cuentan las lideresas que han sostenido las obras del barrio.
«Ahora también sacamos la cara en el mapa».
Mapear para existir, mapear para permanecer
Altos de la Torre lleva más de tres décadas demostrando que sabe habitar su territorio. Lo demostraron las familias que llegaron desplazadas de Peque, de Urrao, de Ituango, del Urabá y del Chocó, y que decidieron reconstruir su vida en una ladera que la ciudad había preferido ignorar. Lo demostraron los líderes que gestionaron el acueducto en 2008 tras una lucha de años. Lo demuestran las mujeres que han sostenido cada convite y cada obra comunitaria. Y lo demuestran hoy los cinco líderes barriales que, con Minga Abierta, convirtieron su conocimiento del territorio en datos abiertos que ya no dependen de la voluntad de ningún gobierno para seguir existiendo.
En ese contexto, mapear Altos de la Torre es un acto de reconocimiento territorial. Cada una de las 1.190 edificaciones registradas es una prueba de permanencia. Cada uno de los 4 kilómetros de caminos trazados es la evidencia material de una infraestructura construida por la propia comunidad. Cada uno de los 2 kilómetros de afluentes mapeados es memoria hídrica y argumento para la gestión ambiental. Cada uno de los 7 espacios comunitarios georreferenciados es un lugar donde la vida colectiva se sostiene. Y el polígono del barrio, ese contorno que por primera vez delimita dónde empieza y dónde termina Altos de la Torre, es el acto cartográfico más elemental y a la vez más subversivo: existir en el mapa como barrio propio.
El mapa de Altos de la Torre no reemplaza las luchas históricas de su comunidad; las fortalece. Se suma a esa larga tradición de convites liderados por mujeres con los que se abrieron las primeras trochas, se bajó el agua de La Castro, se pegaron los primeros cables de energía. Es una nueva forma de trabajar en minga: esta vez, para producir el conocimiento con el que el barrio quiere dejar de ser tratado como Camboya —aquel sector sin nombre asociado a la violencia— y ser reconocido, con polígono propio y datos abiertos, como lo que es: un barrio hecho por víctimas del desplazamiento que llevan más de tres décadas exigiendo su derecho a la ciudad.
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Mapear La Pacha en Altos de la Torre
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Mapear La Pacha en Altos de la Torre
Datos abiertos de Altos de la Torre en Minga Abierta
DATOS ABIERTOS DISPONIBLES
- Formato: GeoJSON, CSV, KML
- Licencia: Open Database License (ODbL)
- Acceso: API REST + descarga directa
- Actualización: Comunitaria continua
PARA DESCARGA
Bibliografía y fuentes consultadas
- Alcaldía de Medellín. (2010). Reseñas barriales de la Comuna 8 Villa Hermosa. Documento comunitario de caracterización histórica y territorial.
- Alcaldía de Medellín & Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid. (2007). Plan de Legalización y Regularización Urbanística de los barrios de la Comuna 8. Medellín.
- Concejo de Medellín. (2008). Actas de gestión del acueducto para los sectores Golondrinas, Altos de la Torre y Llanaditas de la Comuna 8.
- Corporación Cedecis. Escuela popular en el barrio Altos de la Torre, Comuna 8, Medellín.
- Departamento Administrativo de Planeación. (2014). Plan de Ordenamiento Territorial del municipio de Medellín. Acuerdo 48 de 2014.
- Montoya Domínguez, J. D. (2004). Identificación del desplazamiento intraurbano, Barrio Trece de Noviembre, sector «El Pacífico». Universidad Nacional de Colombia.
- Solingral S. A. (2006). Estudio de riesgo y estabilidad de laderas en los barrios Golondrinas, Altos de la Torre y Llanaditas, Comuna 8 de Medellín.
- Unidad Municipal de Atención y Reparación a Víctimas (Umarv). Caracterizaciones de la población víctima del conflicto armado de la Comuna 8, Medellín.
- Sistema de Información para la Gestión del Riesgo de Desastres de Medellín (SIRMED). DAGRD, Distrito de Medellín. https://www.medellin.gov.co/sirmed/